Hay bosque allí donde hay resistencia, allí donde hay rebelión contra los estragos que genera esta civilización. En cierto pasaje de Ser bosques. Emboscarse, habitar y resistir en los territorios de lucha (Errata naturae),  Jean-Bapiste Vidalou trae a colación la película Avatar (2009), la resistencia de un pueblo a que una compañía minera (con su particular ejército) explotara (en un sentido amplio del término) su bosque-deidad. La película arrasó en las taquillas de todo el mundo, pero su impacto en el imaginario colectivo no tuvo su correspondencia en la remisión de la arrasadora progresión de la destrucción de bosques en el mundo. La tierra ha perdido 2,3 millones de kilómetros cuadrados de bosque entre 2000 y 2012, el equivalente a cincuenta campos de fútbol por día. Cifras que desencajan la mandíbula si se es capaz de imaginar la dimensión real de los entornos vivos que han sido arrasados y eliminados. Ya no existen. Los autores de tal devastación son aquellos que conciben la realidad a través de los cálculos y las medidas, los <<gestores>>  e <<ingenieros>>, quienes han convertido (transfigurado) el mundo en un sustrato homogéneo, una superficie plana sobre la que depositar y ejercer el poder.  (…) inscriben en la carne del mundo sus leyes hechas de acero, hormigón y cables. Según esta mentalidad dominante, la mentalidad económica, gestora, el entorno natural no es un espacio real, no es materia, sino mapas, líneas rectas, medidas, volúmenes, espacio que debe ser aplanado para ser útil (y rentable). Se piensa en términos de accesiblidad. Es un <<teatro de operaciones>> que alterar, modificar y reconstituir en suelo sobre el que edificar.

No se derrama tanto hormigón armado sobre toda la superficie del planeta sin asfixiar con ello la vida misma. La conexión de tantos no-lugares sólo podía dar paso a una colosal circulación de la tristeza, desde los vestíbulos de los aeropuertos hasta los parques eólicos, desde las centrales eléctricas hasta las talas rasas, desde un aparcamiento de supermercado hasta un área de servicio de autopista. Se trata de una colonización, pero una <<colonización reticular>>.

El entorno natural, el bosque, cualquier bosque, no es un espacio de vida, un lugar definido por los múltiples vínculos y las diferentes percepciones según las distintas especies que lo habitan, o los humanos que viven en su proximidad, sino un espacio que explotar, un espacio instrumental. La economía se ha basado, históricamente, en el destrozo sistemático de las formas de vida que no entran en sus cálculos, en el enrase de toda heterogeneidad. Esta sociedad de la gestión, de la eficiencia, pretende llevar la parcelación hasta los últimos intersticios de vida. Un entorno natural es un depósito o un yacimiento del que extraer algo que nos sea útil. Suministro para cumplimentar el servicio.

Francia codicia el subsuelo marino de sus colonias polinesias para hacer prospecciones de yacimientos de lantánidos, esenciales para la tercera revolución industrial, puesto que se hallan en la composición de todo material informático. Dinamarca, Suecia, Australia, Estados Unidos: Todo el mundo quiere su porción del pastel y está dispuesto a lo que sea para explotar su propio subsuelos o sus fondos marinos con el único fin de<<variar la relación de fuerzas y el actual monopolio de China>> en la producción de lantánidos. (…) Este nuevo nomos de la Tierra que es el extractivismo no se aplica sólo al gas y al petróleo, sino a todos los yacimientos disponibles. Es la nueva religión de la transición energética.

Plácidamente apoltronados, mientras nos confeccionan, en la sociedad occidental, un menú de servicios que amplifican nuestra comodidad, el entorno natural es una entidad abstracta. La naturaleza se revela ante todo como la construcción cultural, para el espectador, de un sentimiento grandioso, a semejanza de un cuadro hecho para ser contemplado (…) Pero ¿qué queda una vez rasgado el lienzo? Nada de <<valles bucólicos>>, sino un perfil paisajístico. Nada de <<aldeas pintorescas>>, sino ingeniera medioambiental. Es un entorno cada vez más lejano, con el que no se establece ya vínculo, o un espacio recreativo, como quien visita un museo, mientras los discursos sobre gestión ocultan sistemáticamente que la tierra no es un depósito. Los seres vivos no se definen como reservas de energías. El bosque no se nutre de cifras.

Nos convertimos en extensiones de esos lantánidos, elementos que son denominados <<tierras raras>>, ya que se encuentran en forma de óxidos. No sabemos que son parte fundamental de nuestra vida, como la informática es sustento y columna vertebral de nuestra relación con la realidad. Como ignoramos cómo se está haciendo desaparecer nuestro entorno natural, en el que cada vez son más raras las tierras que no son reconvertidas en cemento o escenario útil o que no sea espacio de extracción, un entorno natural arrasado, como la progresión de una oxidación, aunque sigamos pensando que es un depósito sin fondo. Esta sociedad de servicios nos ha mal acostumbrado de tal modo que pensamos que los servicios serán infinitos e, incluso, cada vez más eficientes y sofisticados. La cuestión será saber cuántos nos preguntamos, como Vidalou: ¿Cómo habitar un mundo? ¿Cómo cuidarlo? ¿Cómo conservar el apego a los lugares y, al mismo tiempo, propagarse más allá? A no ser que sólo importe cuál será el próximo escenario habilitado, quizá en otro planeta en el que también se pueda seguir extrayendo lantanidos. Ser bosque es también una actitud.

por Alexander Zárate

Almas y cuerpos, David Lodge

La omnisciencia de los novelistas tiene sus límites, por lo que no intentaremos trazar el largo proceso de dudas, debates, intrigas, miedos, plegarias ansiosas y motivaciones inconscientes que finalmente dio lugar a dicho documento. Es tan difícil ponerse en la piel de un papa como debe serlo para un papa ponerse en la piel de, por ejemplo, una joven madre de tres niños que yace en una cama de matrimonio y que, al notar que su marido comienza a acariciarla, experimenta un conflicto entre el deseo de girarse hacia él y el miedo a un nuevo embarazo. Este párrafo de Almas y cuerpos (Impedimenta), de David Lodge, concentra cuatro cuestiones básicas del libro (y de la obra de Lodge). Con dos, el sexo y la vida como ficción, coincide con su coetáneo Graham Swift cuando escribía, en El país del agua, que la vida son historias y pedazos de carne. Una tercera singulariza su enfoque, el humor. Y una cuarta estaba intrínsecamente relacionada con su educación, y cobra en esta novela, que se publicó originariamente en 1980, una relevancia cardinal: la religión católica. El documento al que hace referencia ese párrafo inicial es la encíclica papal, de 1968, sobre el control de la natalidad. Como apostilla Lodge: Su mensaje, nada iba a cambiar. Es uno de los eventos históricos que ejercen de contrapunto con respecto a la evolución, por describirla de alguna manera, durante décadas, desde inicios de los cincuenta hasta finales de los setenta, del grupo de amigos que protagonizan la novela. Se inicia cuando, aún vírgenes, se conocen en la universidad. Es importante destacar su virginidad, como detalle caracterizador, porque, su enfoque y su vivencia del sexo, como componente de sus relaciones sentimentales o emocionales, es fundamental en el relato, como también lo era, por ejemplo, en el enfoque sobre la vida del escritor H G Wells en la anterior obra de Lodge publicada en Impedimenta, Un hombre con atributos. Es su última obra publicada en 2011, treinta años después que Almas y cuerpos, pero su enfoque no difiere, en cuanto a la relevancia del sexo, no importa la época en la que transcurra la acción y quién la protagonice, si es uno o son varios, como en este caso, emblema de una generación que se enfrentó a la experiencia del sexo, como territorio desconocido, sin mapa alguno; la ignorancia, según los casos, combinada con el pasmo, el temor o el atolondramiento: Ninguna de nuestras jóvenes novias le tocó los genitales a su marido hasta semanas, meses o, en algunos casos, años después de la boda.  Algunos de los que conforman ese grupo de amigos compartieron esa consternación ya que se consolidaron como parejas, otros encontraron sus parejas fuera de ese círculo y hubo quien se convirtió en monja.  Si algo también caracteriza a casi todos ellos, y de ahí la relevancia del contrapunto de la perspectiva institucional como dictado de forma de habitar el cuerpo, el sexo y cualquier compartimento de la vida, es la conformación de una familia numerosa. No dispondrían de manual de instrucciones para el coito, pero sí para no neutralizar la inseminación. Su tema musical de fondo podría haber sido la canción Sperm is sacred de El sentido de la vida (1983), de Terry Jones. Al fin y al cabo, los Monty Python pertenecían a su misma generación (la secuencia de la clase magistral de coito, con maneras impávidas, es otro revelador ejemplo de su sintonía).

Lodge enfoca sobre su desconcierto con respecto a la expresión y vivencia de su cuerpo, como quien se sumergiera en batiscafo en la realidad y encontrara su cuerpo entre otras especies, algunas abisales, otras por definir. Se porta el cuerpo, o el cuerpo nos porta, pero es sin duda una relación desconcertante. Faltan vocales, o quizá consonantes, para deletrear con precisión la relación que se establece con esa materia con forma que habitamos y nos traslada. Esa perplejidad la torna mordaz ironía, y como narrador hace acto de presencia para evidenciar que no saben relacionarse con sus cuerpos pero son personajes de una representación que ignoran que interpretan, una ficción al dictado que combina las pautas con la desorientación, como un cortocircuito.

Como ha señalado un crítico francés contemporáneo en un tratado sobre el arte de la narrativa, un novelista puede  a) narrar una vez lo que ha sucedido una vez o b) narrar n veces lo que ha sucedido una vez o c) narrar n veces lo que ha sucedido n veces o d) narrar una vez lo que ha sucedido n veces. Los procesos de seducción, las violaciones, la búsqueda de nuevos amantes o la ruptura de viejos tabúes suelen narrarse empleando las estrategias a), b) o c). El amor en el seno del matrimonio, en las obras de ficción, tiende a narrarse siguiendo el modelo d).

Habitamos una ficción, o la ficción nos habita, sea en forma de creencias o rituales y costumbres. La creencia religiosa, sea cual sea, al fin y al cabo, es una ficción que se adopta como guía o brújula o mapa con unas coordenadas que no parecen inestables, con respecto a las cuáles es práctico no pensar que realmente pertenecen a un menú de opciones. ¿Por qué ser católico en vez de otra cosa, o simplemente nada? Se desconoce tanto del cuerpo, como de ese trayecto que se denomina vida. La incertidumbre hay que domesticarla con un inicio y una conclusión como si fuera un relato. Una conclusión que se caracteriza por un continuará. Porque si el curso de la vida se define por lo incierto, también el inicio, ya que surgimos, como la misma vida en el planeta, de una desconcertante nada que es sinónimo de incógnita, y al ser humano le ha resultado difícil asumir que quizá no haya un continuará tras la muerte, como una serie con nuevos capítulos. En suma, el ser humano no ha sabido lidiar nada bien, desde el principio de los tiempos, con tantas incógnitas. Bajo el cielo nocturno, todas las preguntas que preocupaban a los filósofos y a los teólogos parecían reducirse únicamente a dos, que eran muy sencillas: ¿Cómo empezó todo ? ¿Y hacia dónde va?

Lodge también explora las múltiples contradicciones de las creencias religiosas, la carencia de fundamento de toda institución religiosa o, en concreto, de la católica. Cristo vino para poner en marcha una revolución, pero acabó convirtiéndose en objeto de culto. Cualquier aliento de sublevación se tornó imposición, severidad, dogma, envaramiento, autoindulgencia. Y, a la vez, la vivencia religiosa del ser humano, en general, se asemeja al empacho de irrealidad de quien visita Disneylandia. Lodge parece plantear que circulamos con nuestros cuerpos y nuestra realidad con cierto desenfoque. De modo específico, en la sociedad inglesa de las décadas durante las que transcurre la narración, y  quienes fueron condicionados por la religión católica. Pero solo es una parte de la interminable secuencia de historias con la que el ser humano ha procurado y siempre procurará proporcionarle un sentido a la vida. Y a la muerte. Por eso, sus interrogantes se pueden extender, como un mordaz aspersor, a todos nosotros, a nuestra relación con esta ficción denominada vida.

Se veían lastrados por sus creencias, por un montón de respuestas inútiles a preguntas innecesarias. Para quedarse tan solo con las preguntas fundamentales -¿Qué podemos saber? ¿Por qué tiene que haber algo siquiera?¿Por qué no la nada?¿Qué podemos esperar?¿Por qué estamos aquí?¿Cuál es el significado de todo esto?- se veían obligados a desmantelar todo aquel aparato de creencias superfluas y a rechazarlo pieza por pieza. Pero, en cuestiones relacionadas con las creencias (como en las que atañen a las convenciones literarias), resulta de lo más interesante preguntarse hasta dónde puedes llegar, en este proceso, sin descartar nada que sea vital.

por Alexander Zárate

A ver qué se puede hacer, Lorrie Moore

Tenía la impresión de ver la vida desde un contenedor de plástico, como una comida sobrante asomada a la grasienta niebla del mundo. <<El tiempo en movimiento. El tiempo quieto>> (…)
Unas mañanas después era la primera de un nuevo mes, el mes de su cumpleaños. La ilusión que producía que el tiempo volara, lo sabía, consistía en convencer a la gente de que la vida incluía más de lo que de verdad podía incluir.
Son fragmentos que pertenecen al relato Muda, que integra Gracias por la compañía, de Lorrie Moore. Refleja las paradojas sobre las que se despliega su agudeza. Sus relatos son como mudas en proceso. Un proceso que puede disponer de diferentes direcciones, pero también una conclusión incierta. También sus novelas, como Anagramas: A veces cuando voy cayendo en el sueño, al comienzo de la disolución me pregunto dónde estoy, en qué momento, y entonces comprendo que, por lo que a mí respecta, puedo estar en cualquier sitio y en cualquier época de mi vida. Su estilo abre brechas como quien mira la realidad después de abrirla en canal. Lo hace como el caminante que parece que se desplaza con pasos de baile, como si celebrara su propio movimiento (que parece asemejarse a una traviesa carcajada). Se trata de una narración social, incluso si esta sociedad es solamente (¡Solamente!) una escuela secundaria. (Después de la escuela secundaria, en Estados Unidos todo es póstumo). Esa es su agudeza cual carcajada con sierra eléctrica. Es un fragmento de su reseña sobre Broke heart blues, de Joyce Carol Oates, uno de los textos que integra A ver qué se puede hacer (Eterna cadencia), una disfrutable serie de breves ensayos, reseñas o críticas sobre libros, películas, pero también comentarios sobre el escenario de la política, evocaciones, como cuando fue asistente jurídica en su juventud, o reflexiones sobre qué es escribir.

En términos más científicos, la compulsión de leer y escribir –y estoy segura de que es una compulsión- es una forma de circuito mental que la especie ha seleccionado, a lo largo del tiempo, mientras el periodo de vida aumenta, para mantenernos interesados en nosotros mismos. Pues es crucial como especie mantenernos interesados en nosotros mismos. Cuando ese interés desaparezca, daremos un paso al vacío, nos endureceremos como rocas, explotaremos y desapareceremos.

Tienta pensar que realmente quería usar el presente de indicativo en vez del futuro. O quizá sea debido a que cada vez siento que me rodean más rocas. No deja de ser mordaz el uso de la expresión circuito mental, sobre todo si se vincula con su finalidad, casi como el cabo que ayuda a que sobrevivamos. Ironía en una época en que mantenernos interesados en nosotros mismos adquiere una dimensión más restringida, la de la bruja de Blancanieves preguntando al espejo quién es más la guapa. ¿En qué medida nos interesamos en por qué somos como somos o actuamos como actuamos, de qué modo nos relacionamos con la realidad, los demás y nosotros mismos? Moore también, con respecto, a la escritura plantea sugerentes reflexiones sobre los límites o interacciones entre ficción y biografía. Nos fascinan las historias basadas en casos reales. Nos preguntamos en qué experiencia concreta se basa el autor para lo que crea, en qué vivencia se inspira. Lo real parece una corriente de aire que no se logra taponar. O quizás es la noción que tenemos de la salida, más que centro, del laberinto. ¿Importa más que el substrato, el entramado de ideas y emociones que se arrojan como aristas desde la escritura? En los intentos de la biografía por conocer exactamente qué parte de la vida generó qué parte del arte lo único que hay son suposiciones. Con su poder de eclipsar y competir, sus intentos de poseer y deshacer el misterio, la biografía no es más que, como dijo una vez Twain, los meros ropajes y botones del hombre. Nos fascina saber cuál era la tela de ese ropaje, y su color, y el diseño de los botones, como si la escritura fuera un eco de algo vivido. Una dirección única, sin relieves. Como si se sorprendiera a alguien, por fin, desnudo. Y punto. Pero el arte es lo que se elabora, como una construcción meditada, aunque se utilicen elementos que acontecieron, de aquí y allá. Yo pienso que la relación correcta entre un escritor y su vida es similar a la de un cocinero con una alacena. Lo que el cocinero hace con lo que está dentro de la alacena no es equivalente al contenido de la alacena.

Moore nos recuerda cómo el arte, o ciertas obras, no están, o no parecen, estar dirigidas hacia quienes la protagonizan en el papel o la pantalla, sino que sus destinatarios, como espectadores o lectores, parecen ser los que no viven esa realidad. BobbIe Ann Mason escribe la clase de ficción que sus propios personajes nunca leerían.  Es una cuestión que se ha planteado con respecto a los cineastas que indagan en las precariedades de las clases trabajadoras. ¿Es lo que quieren ver? Pocos quieren verse, pocos quieren verse reflejados. Cuántos no han escupido su frustración por ver una película que le ofrece un trozo de realidad en el que sentirse reflejado, y no un goce recreativo, aunque sea con el sufrimiento de otros. Moore sabe apreciar también el dominio de las convenciones, cómo pueden ejercer de lecho provisional que haga olvidar momentáneamente las decepciones o la cruda materia de la realidad, como cuando destaca las cualidades de Titanic, de James Cameron. Los clichés aquí son robustos hasta el punto de la elocuencia (…) Solamente a los románticos perdidos hay que volver a repetirles que el amor es una ilusión, que muere, que es para lunáticos, adictos y tontos. Al resto de nosotros puede ocasionalmente gustarnos –o incluso fascinarnos- un pequeño respiro de lo que ya sabemos. Para eso han sido siempre las películas, tan humanitarias, de Hollywood. Humanitarias. De nuevo, esa carcajada traviesa con un paso de baile. La robustez de la elocuencia refleja como la convención puede no ser despojo sino sustancial elementalidad arquetípica. Aún más, sabe apreciar el talento de quien domina los recursos del lenguaje cinematográfico con refinada pericia, caso de Cameron, sin estar canonizado en los altares esnobs del pedigrí autoral.

Como también admira sobremanera las cualidades de series televisivas como True detective, con clara preferencia por la primera sobre la segunda, acorde al consenso general. Por una vez, disiento, permítaseme romper una lanza por la segunda, que transita el territorio de James Ellroy; quizá su apariencia parezca más ortodoxa, pero me parece más armónica, en términos generales, que la primera. Si vuelvo a coincidir en su admiración por la serie The wire. Los arcos narrativos son tan ricos, abismales y vertiginosos que esta forma de mirar la serie produce una especie de agotamiento hipnótico. En este formato cinematográfico, los típicos ritmos y límites narrativos desaparecen en su mayoría. O cuando desentraña las inconsistencias de La vida de Adele. También percibió que las escenas sexuales con ambas protagonistas resultaban poco reales, escenificadas con la misma falta de naturalidad que en una película pornográfica, lo que evidenciaba, por extensión, cómo era una película, en este caso sí en un sentido negativo, bastante convencional, en cuanto prefabricada, en las hechuras narrativas y dramáticas. A pesar de que estas jóvenes aparentan ser expertas en lo que están haciendo en la cama, el sexo no parece del todo auténtico: nunca vemos ningún titubeo juvenil. O cómo su impacto cegó bastantes miradas que apreciaron como distinción lo que era impostado (o simplemente legitimaron con la distinción artística sus placeres lúbricos). Supo epatar adecuadamente. Como también señala Lorrie Moore, el momento y el contexto lo son todo en lo que a provocación artística respecta. Con respecto a la película Friday night lights, de Peter Berg (otro cineasta no uncido en los santorales de la cinefilia esnob) despliega su agudo verbo con tal elocuencia que incita a preguntarse por qué tantos críticos cinematográficos carecen de semejante gracia o ingenio expresivo: El trabajo de cámara es granulento, rápido y frio, como si la lente no pudiera soportar lo que enfoca. La apariencia de todo el film es socioantropológica como de alguien de afuera que llega con su equipo en una camioneta.

 

En estos tiempos de corrección restrictiva Moore incide en lo real, fuera de instrumentalizaciones de agendas o imágenes convenientes que se usan como muletas. Con respecto a las obras de Margaret Atwood destaca que las mujeres son individuos, difíciles de encasillar, una hermandad heterogénea e incómoda; que el feminismo es con frecuencia un trabajo penoso y esforzado, saboteado tanto desde adentro como desde afuera; que en la guerra entre los sexos hay colaboradores tanto como enemigos, espías, refugiados, espectadores y objetos de conciencia. O sea, una realidad con sus relieves, no una realidad de pantallas que posibiliten una circulación más ventajosa. Lo mismo con las conductas con respecto al sentimiento amoroso, como disecciona en reseñas de tres libros de Alice Munro: Como Henry James, Alice Munro sabe que el ‘puente flotante’ entre mundos – y sobre pantanos- que es el amor puede traer las mismas desgracias por su presencia tanto como por su ausencia. Puentes, pantanos, presencia, ausencia. El arte de la preclara condensación. Y reseña una de mis novelas predilectas, Canada, de Richard Ford, una de esas raras obras que te atropellan con la conmoción. Su elipsis temporal final no tiene parangón. Todo el paso del tiempo en la hendidura de lo no relatado, pero tan manifiesta, tan presente, tan nítida. Un tajo. Hay novelas que son artilugios configurados como jaulas, trampas o papel matamoscas para atrapar cosas. Canada hace lo contrario: es un texto inquisitivo, con empalmes abiertos que se autointerrumpe con capítulos cortos y cortantes y después se deja llevar nuevamente por la corriente melancólica de un hijo y un hermano con cientos de preguntas y una sola respuesta. Dell cita a Ruskin: <<La composición es la disposición de cosas desiguales>>. Pero, no lo niego, particularmente me encanta cuando abre en canal la realidad mientras despliega, en plena danza, su traviesa carcajada, como la manera con la que concluye su reseña de Sam el gato y otros relatos de Matthew Klam.

Después de todo, Klam nos ha recordado que incluso atrapados entre almohadones y luces de riel no somos más que animales. Al recibir una y otra vez una descarga eléctrica en una verja, nos cansaremos y no saldremos del jardín. Pero sólo entonces.

por Alexander Zárate

El regreso de Driver, James Sallis

“Nos pasamos la vida atormentándonos por lo que ganamos o por lo que piensan los demás, mientras nos enganchamos al nuevo disco de una culona que se cargó o se folló a no sé quién en no sé qué programa de televisión, o al último idiota de pómulos marcados que se presenta a presidente; y mientras tanto, los gobiernos siguen matando a sus ciudadanos, los niños mueren por culpa de los aditivos de la comida y de la publicidad, a las mujeres les pegan o les hacen cosas peores, los laboratorios de crack se apoderan de las zonas rurales del sur, y nos mienten sin parar, constantemente.
Lo más interesante de nosotros, como especie, puede que sea las mil maneras con las que nos las apañamos para no tener que pensar en esas cosas. ”

En solitario, James Salter

“No era únicamente la soledad lo que lo había cambiado, sino también una comprensión distinta. Lo que importaba era formar parte de la existencia, no poseerla. Todavía sabía lo que era la angustia de las escaladas peligrosas, pero lo sabía de otra manera. Era un tributo; lo pagaba de buen grado. Sentía una plenitud secreta. No envidiaba a nadie. No era arrogante ni tímido. ”

La historia universal, Ali Smith

Ese otro ángulo

por Alexander Zárate

 

Mientras me erguía me pregunté si habría, en aquella ciudad, algún sitio donde pudiese trabajar sin sentir que entretanto la vida, la vida real, transcurría, de forma más crucial y menos sórdida, en otra parte. Los personajes de los excelentes relatos de La historia universal (Nórdica libros), de la escritora escocesa Ali Smith (1962), publicados originalmente en el 2003, parecen desajustados con su vida, como si esta transcurriera en otra parte, se revelara como una impostura, o evidenciara unas fisuras que replantean cómo, durante muchos años, era una mera inercia, una sucesión de trámites, mientras en los rincones de sus emociones permanecía amordazada la música de lo que quedó truncado. En suma, la vida se revela como una ficción no muy satisfactoria. Se había encasquillado en la misma página, o no se había advertido, como si fuera una sombra, que las páginas se sucedían. Quizá eran su reflejo como ese ilusión de movimiento que se crea con un dibujo cuando se pasan velozmente las páginas. Un mero efecto óptico, como la vida una simulación que se ignoraba. La maqueta se puede descomponer, y las figuras que la integran desaparecer. Por eso, en los relatos se ponen en evidencia las junturas de la misma ficción: el primer relato es una sucesión de perspectivas o ángulos, como la mirada que intenta enfocar, para evidenciar que la realidad es un barco de papel con visos de hundirse. Se inicia con un erase una vez en un camposanto, para inmediatamente interrumpirse y dar paso, como en un coreografía, a una sucesión de reenfoques, o reajustes de la perspectiva, desde una librera a quien diseña un bote con libros de El gran Gatsby pasando por una mosca. No es sólo una cuestión de ángulos, sino también de capas. Incluso, en el territorio de la metáfora. Un camposanto y una biblioteca en concatenación adquieren condición de sinónimos desde una mordaz óptica. Hay relatos que se construyen sobre la sucesión de perspectivas, como relevos que se turnan. En concreto, Rápido, uno de los relatos más portentosos que he leído.

 

Tamborileé los dedos en la pierna. Los noté entumecidos, anestesiados, y mientras contemplaba el paisaje con la mirada perdida comprendí por primera vez, con un escalofrío que me recorrió el cráneo como si alguien hubiese roto un huevo con un cuchillo y me hubiera vertido el frío contenido sobre la cabeza y luego me hubiese resbalado por el cuello, comprendí que nunca, en ningún momento de mi vida, me había importado nada que no fuese yo, y que no tenía ni idea de cómo cambiar eso, o al menos modificarlo.  (…) Así que un desconocido había muerto. No me importaba, ¿por qué iba a importarme? En lugar de eso, para sentir algo me puse a prueba, me asusté imaginando qué pasaría si todo lo que era mío dejaba de serlo, y de ahí llegó la certeza, tan franca e irrebatible como el cristal de aquella ventanilla, de que nada había sido mío jamás.

 

Hay un relato que, ya desde un principio, alude al lector, como un personaje por componerse o un enigma o una expectativa, como un surtido de posibilidades. Interroga al lector, y expone las tripas del relato y de la propia vida como una imprevisible trama de presentación, nudo y desenlace, o el desorden de un orden tan presunto como desconcertante. ¿Qué necesitais saber de mí para esta historia?¿Qué edad tengo?¿Cuánto gano al año?¿Qué coche conduzco? Miradme, aquí estoy en el inicio, el nudo y el desenlace a un tiempo, un ser enamorado de alguien que no me corresponde, Despierto con la idea luminosa y nueva de ella; luego sigue la esperanzada embriaguez del día y al fondo, sombría como una bombilla fundida, la palabra nunca. Hay inicios que son un modelo de arranque, por cuanto arrancan desde la extrañeza, la que ya nos sitúa de entrada en un territorio movedizo. Os lo cuento. Me enamoré de un árbol. Era inevitable. Estaba en flor. O A Violet se le aparecía una banda de gaiteros vestidos de gala. Das un primer paso con frases así, y la realidad se mira de otro modo. En otro es un escueto La chica desaparecida tenía mi edad. Entre los intersticios, porque la concisa sutileza de la escritura de Ali Smith se despliega entre los huecos, como si estableciera diálogo entre lo dicho y lo no dicho, entre lo pensado y lo no pensado, se insinua la repentina consciencia, aun no articulada, como quien aún está aturdida por una explosión,  que es la revelación de que la vida se puede reventar en cualquier instante, cuando menos lo esperes, de que quizás habías desaparecido de tu propia vida ya hace mucho tiempo.

 

Parece que los veranos vuelven una y otra vez sin envejecer, tersos y repetitivos, otra vez verano, pero en realidad envejecen tan irremediablemente como un viejo vinilo del tocadiscos y lo arrojamos al canal en un día apacible como el de hoy y luego nos quedamos mirando la superficie, donde no hay nada que indique que algo ha resbalado por encima o se ha hundido por debajo o ha ocurrido siquiera.

 

¿Quién es el otro, aquel que piensas que es una figura familiar, tu pareja, ese semblante en el espejo de la rutina? ¿Es un libro abierto?¿Lo familiar es  el condensador que necesitamos, o más bien lo es la ilusión de novedad, aunque sea un espejismo? Aquello que está presente en tu relato de vida como figura recurrente, ¿cómo quieres que sea?¿en qué medida necesitas que sea una variación o más bien un repertorio que se cumple para que las piezas encajen y la narración de la vida transmita la sensación de confortable estatismo como una residencia permanente e inalterable?. Te conozco como un libro abierto, porque la gracia de un libro que nos gusta, si es bueno, es que varía como la música; crees que lo conoces, lo has leído tantas veces que claro que lo conoces, claro que el placer de leerlo reside en cuánto lo conoces, pero entonces oyes, en segundo plano, algo que nunca habías oído antes, y al volver una página ves una combinación de palabras que nunca habías visto, creías que conocías el libro pero te deslumbra una vez más como el libro diferente que es, y no solo eso, sino por la persona distinta en la que te has convertido, la persona distinta que eres ahora al leerlo de nuevo. Y a la inversa, lo que no conoces, el fleco suelto, lo interrumpido, esos trozos de vida posible, esas miradas fugaces que se cruzan, esas frases que escuchas incompletas, esos gestos que avistas sin saber cómo concluirán, esas otras vidas que no sabes qué será de ellas tras compartir unos meses, unas semanas, unas horas, unos minutos, un instante cuando das las gracias porque mantienen una puerta abierta, ¿en qué medida te afecta?¿Es un ruido sordo de fondo, un silencio mullido, un vocerío estridente de posibilidades, de otras lineas narrativas, otras vidas, que nunca conocerás, que ignorarás? ¿En qué medida asumes que la vida está compuesta de múltiples historias que desconocerás, del mismo modo que desconocerán la tuya?¿En qué medida asimilas que la vida es un reguero de frases inacabadas?.

 

Su narrativa es. Pero no supe qué era. No pude oír el resto, porque si aflojaba el paso o me paraba a escuchar los tres hombres lo habrían notado (…) Sin embargo, lo que más me irritaba, pensé con la boca llena de lana, era que nunca jamás, sabría qué seguía al <<es>> de aquel hombre. O de qué hablaba exactamente, qué implicaba con aquellas palabras, qué sabía él que los demás desconocíamos.

 

Quizá esa necesidad de discernir el encuadre completo, la historia completa a la que alude el título original (Whole stories), resida en cómo cuesta asimilar que la propia vida estaba llena de hojas rotas y semillas de alas extravagantes. Esa es la sutileza de su escritura.Un remolino nos envuelve, y nos desplaza hacia ese ángulo que nos desubica, y reenfoca la pantalla como carne y tiempo palpitante.

 

 

Bajo la red, Iris Murdoch

“Los acontecimientos se suceden ante nosotros como estas multitudes, y el rostro de cada uno de ellos se ve únicamente un instante. Llo que es urgente no lo es siempre, sino efímeramente.Todo el trabajo y todo el amor, la búsqueda de la riqueza y la fama, la búsqueda de la verdad, la vida misma están formadas por momentos que se convierten en nada. Sin embargo, el impulso de esas nadas nos lleva hacia delante con esa milagrosa vitalidad que crea nuestros precarios habitáculos en el pasado y en el futuro. Así vivimos; un espíritu que cavila y vacila por encima de la muerte continua del tiempo, el sentido perdido, el momento no recuperado, el rostro no recordado, hasta el golpe final que termina con todos nuestros momentos y zambulle ese espíritu en el vacío del que procede. ”